El Tratado de Cádiz. (2014)

Un semana después de nuestro viaje a Dinamarca, teníamos las reservas de los hoteles para pasar 4 días en Cádiz.

Este viaje, lejos de ser una gran aventura, fue para relajarnos. Por algún motivo Carlos y yo nos habíamos cogido manía tras las aventuras y desventuras vividas en Vejle. En poco tiempo se vivieron muchas emociones. Incluso pensamos en cancelar las reservas y no hacerlo. Pero finalmente, nos envalentonamos y cogimos mi coche a las 12 de la noche para llegar allí bien temprano.

Conducimos durante toda la noche. Nos cambiamos para llevar el coche. Cuando nos faltaban 50km para llegar, yo iba de copiloto con el GPS en las manos y me quedé durmiendo. Nos pasamos la salida y tuvimos que dar un rodeo.

No fue un viaje bien planificado, no sabíamos muy bien que habría en Cádiz. Motivo por el que no puedo decirte que debes visitar si vas, pero si que sucedió algo que fue un punto de inflexión en nuestras vidas.

Carlos y yo somos amigos desde párvulos, hemos jugado a Super Mario Bros, Sonic, Metal Gear, Resident Evil, The Legend Of Zelda Ocarina of Time y Wind Waker. Incluso nos dejábamos las consolas para poder disfrutar a todos los juegos ya que éramos seguidores de compañías diferentes. Un gamer sabrá lo importante que es tener un amigo así. Al margen de esto, hemos pasado incontables noches de fiesta, historias con chicas, pero… Nunca había habido un apoyo real como amigos. Me explico. Cuando quedábamos con un grupo de chicas, íbamos a competir a ver quién se llevaba a la más guapa y no nos importaba tirar por tierra el uno al otro. Y eso, no es amistad realmente.

Un día fuimos a comer a un restaurante típico del casco antiguo de Cádiz.

La conversación mientras comíamos fue algo así.

—Lo estamos haciendo mal. —Dije yo negando con la cabeza después de un silencio de reflexión.
—¿El qué? —Respondió Carlos apoyado en el respaldo de la silla, quitándose el cigarro de la boca y echando el humo hacia arriba.
—No jugamos en equipo. No nos apoyamos con las tías. —Respondí con un gesto de no entender qué habíamos estado haciendo todos estos años.
—No sé, siempre lo hemos hecho así. «Welcome to the Jungle» —Dijo mostrando cierto pasotismo generado por la costumbre.
—Sí, pero en la jungla, muchas especies cazan en manada y tienen grandes resultados. —Dije yo siguiéndole el rollo con ese «Welcome to the Jungle» que hacía referencia a la canción de Guns N’ Roses de 1987.
—¿Qué sugieres? —Dijo él con una medio sonrisa a la espera de escuchar una gilipollez y reírse.
—Solucionarlo, porque esto no es amistad, tío. — Respondí con energía y continué. —No digo que mintamos, solo que nos valoremos mutuamente y se lo hagamos saber a los demás. Que nos defendamos cuando las cosas no sean justas, incluso cuando lo sean, pero la amistad por delante. Que cuando uno la cague, si hay que criticar lo hagamos en privado y en público nos justifiquemos. Eso es amistad. No hundirnos el uno al otro en una batalla que no tiene final.
—Jajaja. —Soltó una carcajada de incredulidad. —Pero… —continuó —Tu eres consciente de que eso jamás se ha hecho en nuestro grupo de amigos, ¿Verdad? Siempre hemos ido a degüello.
—¡Claro! Por eso vamos a marcar la diferencia. —Dije convencido de mis palabras.
—Hombre, lo que dices tiene lógica. Vamos a ganar más si nos apoyamos que si estamos continuamente atacándonos o por lo menos tendremos más oportunidades. —Respondió él.
—¿Trato? —Le dije extendiéndole la mano.


Y así fue como firmamos lo que llamamos «El Tratado de Cádiz». Y esto ha venido acompañado de muchos éxitos posteriores. A día de hoy se mantiene inquebrantable.

El resto del viaje fue cuestión de divertirnos. Fuimos a La Línea de la Concepción para conocer a una amiga que solo habíamos hablado con ella por Facebook. La conocimos porque se presentó a un casting online para una serie que teníamos en proyecto True Story (ENLACE AL FACEBOOK). Ella es la grandísima Alba Téllez.

Además, cruzamos la frontera para llegar a Gibraltar. Fue gracioso porque nos dio la impresión de que los ingleses lo apilaban todo allí para demostrar que aún cabían más cosas. Estuvimos alerta con los monos ladrones, Alba nos advirtió que lleváramos las ventanas del coche cerradas. El peñón realmente impresionaba.Por cierto, la cena de abajo a la derecha es ni más ni menos que la que se ganó Carlos justamente en Dinamarca.

Este viaje fue más bien para relajarnos y cerrar esas brechas que teníamos en nuestra amistad. En los siguientes… la aventura nos aguardaba.

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